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La Crisis del Estado Antiguo: Hacia el Feudalismo.

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-Cómodo

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-Galeno, césar

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-Constantino

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-Honorio

PARA SABER MÁS

Un poco de historia

A finales del siglo II Hispania alcanzó su más alto desarrollo económico bajo el mando de Roma. Gracias al apoyo del Estado las empresas olivareras y  mineras produjeron grandes beneficios. Una gran cantidad de dinero proveniente de los impuestos y de los metales salió de la Península Ibérica directamente hacia las arcas de Roma. Los ciudadanos hispano romanos nutrían las filas del ejército y colaboraban en la defensa de las fronteras imperiales. La cultura latina había calado en los habitantes de Hispania. Las clases más acomodadas que tenían a su alcance el preciado don de la escritura enseñaban a sus hijos a hablar y escribir en latín. Los vínculos con la metrópoli romana se intensificaban no solo con las letras sino también con la ingeniería. Se construyeron puentes y calzadas que unían entre sí los territorios de Hispania y a esta con el resto del Imperio y sobre todo con la capital romana.

En todas las ciudades se denotaba el poder del Imperio y en las urbes hispanas, mediante la arquitectura, se proclama el prestigio de una gran civilización. Sin embargo, entre tanta ostentación, los ciudadanos más humildes del imperio se agarraban a la difícil tarea de la supervivencia. Alrededor de los grandes edificios públicos malvivía una buena parte de la población que se alojaba en pequeñas viviendas de varios pisos que se componían de míseros apartamentos en alquiler.
La influencia social que había conseguido la aristocracia hispano-romana permitió que aspiraran a emperadores de roma personajes de raíces hispanas. Con Trajano, la expansión romana llegaría a su máximo apogeo. Adriano, su sucesor, inaugurará un largo periodo de Paz que sería recordado como la época más feliz del imperio.
Pero una amenaza se cernirá cada vez con más fuerza sobre Roma haciendo peligrar su hegemonía, los Bárbaros. Denominación que griegos y romanos impusieron a los extranjeros que no conocían la civilización clásica. El término acabó por transformarse para denominar de esa manera a los belicosos pueblos que se encontraban tras los límites del imperio Romano y que vivían en las montañas en precarias condiciones.

A finales de siglo II el emperador Marco Aurelio murió debido a la peste en el Danubio Oriental defendiendo las fronteras del Imperio, lo que provocó una crisis de sucesión que tuvo fuertes consecuencias en Hispania. A Marco Aurelio le sucedió su hijo Cómodo, que pensó que era la reencarnación de Hércules y su estado de locura le llevó a combatir en la arena como gladiador.
Después de una conspiración entre sus consejeros Cómodo fue asesinado con lo que se desató la segunda guerra civil en el Imperio que se conocerá como “el año de los cinco emperadores”.
Se sucedieron conspiraciones y muertes de efímeros emperadores que fueron el prólogo de la aclamación por parte del ejército del cónsul Septimio Severo como emperador.
Albino, gobernador de Britania no lo aceptó y fue apoyado por la aristocracia hispano-romana de la Bética. Estalló una nueva guerra civil entre los dos bandos. Una vez victorioso, Septimio Severo no olvidó. Confiscó las propiedades de los terratenientes hispano-romanos que le habían hecho frente y ejecutó a muchos de ellos, pero esta no será la única calamidad que afectó a la economía hispana. Aprovechándose de estas luchas internas, varias bandas penetraron hasta el sur de la península desde el norte de África y saquearon los territorios agrícolas.  La exportación de aceite, muy debilitada ya por los impuestos y por la competencia de Oriente, se vio muy afectada. La crisis del Imperio Romano se agudizó profundamente.

El siglo III se caracterizó  por el siglo de la inestabilidad política provocada por los golpes militares, por la economía debilitada, y por la acuñación de la moneda con menos plata y más plomo.
 Los generales romanos se enfrascaron en luchas fratricidas y se olvidaron de la defensa de las fronteras del imperio que eran azotadas por las comunidades bárbaras. A mediados del siglo III, siendo emperador Póstumo, grupos de francos y alamanes invadieron la Galia e Hispania destruyendo campos y ciudades de Cataluña y el Levante. La devastación ocasionada por los bárbaros se añadió a la de la peste que durante años se dio en algunas comarcas del valle del Ebro. Ciudades como Bilbilis (Calatayud), Ilerda (Lleida) y Calagurris (Calahorra) fueron asoladas por esta epidemia.

En Roma, en el año 284, el general Diocleciano fue nombrado emperador. Habían pasado 50 años de guerras civiles. Para evitar nuevos levantamientos militares y asegurar la buena administración de los bastos territorios del Imperio Romano Diocleciano lo tuvo que dividir en dos partes. Imperio Romano Oriental e Imperio Romano Occidental. Aunque la unidad política de Roma fue salvaguardada, dos emperadores con el título de Augustos gobernaron cada parte. Diocleciano se reservó para sí el Oriente y para gobernar occidente designó a otro prestigioso general: Maximiano. Cada uno de ellos fue ayudado en el gobierno por un colaborador que ostentaba el título de César. Fueron nombrados Constancio para Occidente y Galerio para Oriente. Será conocido como gobierno de los 4: La Tetrarquía. Cada 20 años los dos emperadores serían sustituidos por los césares, que con el cargo ya de Augustos, nombrarían nuevos Césares. La división política conllevó una nueva organización administrativa del territorio y la sociedad Romana. Hispania fue adscrita a la preceptura del pretorio de las Galias. Se creó la figura de un vicario responsable administrativo de Hispania, lo que significó un primer reconocimiento de la realidad específica del territorio peninsular y de sus habitantes. Las provincias hispanas se agruparon en entidades superiores llamadas diócesis. Se modificaron sus limites, a las diócesis hispanas se añadieron una parte del norte de África, la mauritana Tingitana con capital en Tingis (Tanger).
Diocleciano creyó que con la reformas podía terminar con el declive del Imperio. Además fortaleció  alrededor de la figura del emperador la unión ideológica de Roma, por ello revitalizó los viejos cultos patrios y persiguió a los enemigos del estado, en especial a los que se negaron a celebrar sacrificios por la casa imperial o por Roma. 

Pero los seguidores de una nueva religión, la cristiana, no hacían sacrificios por el bienestar del imperio o de los emperadores, lo que fue considerado como un acto de insumisión. Los cristianos solo tenían un Dios, único y verdadero y por el estaban dispuestos al sacrifico que les abriría las puertas de una vida ultra terrenal.
Desde los puertos mediterráneos del oriente medio las nuevas ideas cristianas viajaron por todos los caminos y lograron gracias a la tenacidad de hombres como Saulo, San Pablo, llegar a los cuatro puntos cardinales del Imperio Romano.
 A lo largo de diversas épocas, de manera independiente, los emperadores ordenaron una sangrienta represión contra los cristianos, quienes tuvieron que organizarse en la clandestinidad ya que su culto estaba prohibido. Se agrupaban en pequeñas comunidades, fuertemente jerarquizadas y aferradas a los textos canónicos para evitar desviaciones que pudieran debilitarlos. Diocleciano desencadenó una terrible persecución, algunos cristianos no dudaron en entregar su vida antes que renunciar a sus convicciones.

 A comienzos del siglo IV, Diocleciano abdicó, retirado en su ciudad natal, en Salona, la actual Split en Croacia, vio como sus esperanzas de unidad política terminaron en un fracaso, los cesares que habían pasado a Augustos y los sucesores de estos se envuelven en una terrible guerra para copar el poder de modo unipersonal. Constantino, el hijo del antiguo césar Constancio y de Helena, convertida al cristianismo, va a librar en el puente Milvio la batalla decisiva contra Majencio por el control del Imperio. Su situación militar es desesperada, pero entonces, cuenta la leyenda, vio en el cielo una señal, mientras le era transmitido el misterioso mensaje, “bajo este signo vencerás”, más allá de la leyenda, lo que sabe es que influenciado por la victoria y por los consejos de su madre Helena, consagra, por el edicto de Milán en el año 313, la libertad de los cristianos para celebrar su culto.

En Hispania, los grandes propietarios, cada vez más presionados fiscalmente abandonaron las ciudades y se establecieron de manera permanente en sus residencias rurales, las villae, allí sus ejércitos privados garantizaron la seguridad de personas y bienes. Los terratenientes adecuaron las estancias para no echar en falta el lujo que habían disfrutado en sus casas urbanas.
Este nuevo tipo de vida y la explotación de los grandes campos, consolidaron el latifundismo. Los trabajos agrícolas necesitan mucha mano de obra y en los campos y ciudades la falta de trabajo impulsó a mucha gente a solicitar manutención en las villae. Los propietarios impusieron vínculos de por vida a las familias, los colonos eran adscritos al suelo y sometidos a sus señores por medio de arrendamientos y aparcerías. Progenitores e hijos fundieron su destino con unas tierras que jamás serian suyas. La difícil economía en las urbes, obligó a los artesanos a formas talleres ambulantes que se desplazaban de unas villae a otras.
El arte que se hacía en estos talleres representaba las costumbres de la vida real o imaginada de los propietarios de las villae. Al margen de la exhibición del lujo de las estancias señoriales, este arte también sirvió para expresar la transformación de los sentimientos religiosos.  Los ritos mortuorios variaron, la incineración, práctica mayoritaria hasta entonces, fue sustituida por la inhumación. Monumentos funerarios y sarcófagos culminaban una decoración que daba a sus muertos la dignidad necesaria para la resurrección. Los motivos cristianos fueron introduciéndose en el arte funerario hasta confundirse con los signos paganos. Escultores, pintores, artesanos, se afanaron en que la expresión estética forme la ideología en el nuevo arte paleocristiano. Las autoridades eclesiásticas hispanas animaron este arte aunque vigilaron su contenido.

A comienzos del siglo IV, las comunidades cristianas acogieron a todas las categorías sociales, desde oligarcas, hasta esclavos y prostitutas. Prohibieron a los fieles cualquier actividad que pudiese ser contraria a lo que se consideraba el comportamiento cristiano, como la participación en las carreras de cuadrigas, el teatro, y por supuesto, el culto al emperador, marcaron la radical separación de las comunidades cristianas con las judías, e impidieron los matrimonios mixtos con no cristianos.

La crisis de la vida en las ciudades afectó decisivamente a las arcas del imperio, ya que sin el orden establecido en ellas, el estado no pudo controlar los impuestos. Cada vez fue necesario más dinero para mantener un ejército muy numeroso enredado en guerras internas y en la defensa de las fronteras ante la presión de los pueblos bárbaros. Las autoridades romanas, para evitar la despoblación de las urbes, obligaron, mediante nuevas leyes, a que los habitantes de las ciudades ejercieran la profesión de sus padres. Los antiguos dignatarios de las ciudades, los decuriones, debían responder de la recaudación de impuestos. La férrea organización que habían mantenido las comunidades cristianas durante los períodos de persecución sirvió al poder imperial, las autoridades religiosas, los propios obispos, eran encargados por la administración de la recaudación de los tributos para el fisco. Al observar la creciente influencia del cristianismo, los antiguos aristócratas hispano-romanos abrazaron la nueva fe y se hicieron con cargos eclesiásticos. La colaboración de la naciente iglesia con el poder imperial proporcionó nuevas formas de cohesión a la red urbana, la reestructuró proporcionándole un nuevo espíritu. Los sectores más integristas y ascéticos de la jerarquía eclesiástica consiguieron prohibir los juegos escénicos, las luchas de gladiadores y el recreo en las termas. Los viejos edificios emblemáticos de las ciudades romanas quedaron en ruinas y sus piedras sirven para construir murallas o iglesias.  Muchas de las más adineradas familias comprendieron que la salvación de sus patrimonios pasaba por desembarcar ellos mismos en la jefatura eclesiástica, cada vez en mayor medida algunos jerarcas religiosos acumulaban además de poder, riqueza.

A fines del siglo IV el Imperio Romano resurgió con la llegada al poder del emperador Teodosio, nacido en la ciudad hispana de Coca. La aureola de emperador aun conservaba un cierto carácter de divinidad terrenal visible contrapuesta a la divinidad celestial que no se puede ver.
Pero Teodosio fue muy práctico y cuando subió al trono sabía de la influencia que tendría la religión cristiana entre los súbditos del imperio. Obispos y monjes eran los nuevos dirigentes de una sociedad que cree que su destino depende exclusivamente del favor del dios cristiano. En el año 380 mediante el Edicto de Tesalónica, Teodosio reconoció el cristianismo como la religión oficial del Imperio y prohibió y persiguió cualquier otro tipo de culto. Los paganos fueron proscritos. El cuidado de las relaciones que Teodosio mantuvo con los poderosos obispos sintetizó el vuelco que dio el Imperio. Teodosio, bajo la inspiración del Obispo de Milán, Ambrosio, proclamó una ley que castigaba a pena de muerte a los que practicaban vicios contra natura. La represión ordenada por Teodosio fue desmesurada. Ambrosio se negó a dar la comunión al emperador hasta que este no hiciera penitencia pública. Al fin consiguió que Teodosio, con saco de penitente, se arrodillara ante el. Por primera vez, el poder político se humilló ante el religioso y reconoció su supremacía. Los obispos vieron reconocida su autoridad para juzgar a los soberanos por hechos de gobierno.
Teodosio pasará a la historia con el apelativo de El Grande, como reconocimiento por los favores hechos al cristianismo. A su muerte, en el año 395, ordenó repartir el imperio entre sus hijos, Honorio y Arcadio.

Tras varios siglos de unidad, el Imperio Romano terminó por fracturarse políticamente. Mientras que el Imperio Oriental, con sede en Constantinopla, perduró casi 1000 años más, el Imperio Occidental, que trasladó su capital de Roma a Rávena porque era más pequeña y de mejor defensa, quedó a merced de las incursiones bárbaras que acabaron destruyéndolo en el año 476.

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